Fallida planeación urbana

 

Por Víctor Zendejas Orozco *

*(Presidente de la ONG ambientalista Franature A. C.)

 

Los compromisos internacionales que México ha firmado en materia de planeación urbana y gestión ambiental, que van desde la Carta de Atenas en 1933 hasta la de Río de Janeiro en 1992 y Estambúl en 1996, no se han cumplido pese a que en las décadas de los años 70 y 80 del siglo pasado el discurso más sonado en materia de medio ambiente fue el de la fallida descentralización de la capital del país y la de desincentivar el uso del automóvil mediante campañas que incluso se veían en la televisión comercial o se escuchaban en la radio de aquella época, como el estribillo snobista “camine no contamine”.

Eran años en que también se discurseaba sobre la calidad de las gasolinas por la alta contaminación que ya se registraba -aún no había medición de IMECAS- y se propuso pasar de la Nova y Extra de los años 70 y 80 a la Magna y Premium en los 90, aparentemente menos contaminantes por su alto octanage y bajas en plomo.

Pero a 45 años de haberse iniciado esa discusión, siguen dándose serios cuestionamientos por expertos en la materia, igual que ocurre con el diesel del que los transportistas del país aseguran no es bajo en azufre, como tampoco en plomo de las gasolinas, como lo denunció el diputado del Partido Acción Nacional, Jorge López Martín (La Jornada 6/4/16). Este hecho llevó al Congreso a anunciar que citará a comparecer a los titulares de la Secretaría de Energía, Pedro Joaquín Coldwell, y de la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa), Guillermo Haro Bélchez, para que den a conocer la calidad de los combustibles que importa Petróleos Mexicanos.

A ese factor que incide en un porcentaje en la mala calidad del aire se suma el de una industria con sistemas anticontaminantes en duda –en los días de contingencia, la Came sugirió reducir su actividad en 30 por ciento- y la especulación del suelo desde hace más de medio siglo, por la corrupción imperante, que ha acabado con áreas verdes en aras de privilegiar el avance de la mancha urbana que está a punto de hacer realidad aquella observación de la revista Natura de los años 70 en el sentido de que las pirámides de Teotihuacán quedarán como una gran glorieta de la megalópolis, pues son ya 59 los municipios mexiquenses que conurban con la Ciudad de México y que concentran a alrededor de 20 millones de habitantes. Este crecimiento desordenado, donde el parque automovilístico crece más que la media poblacional, nos ha llevado a enfrentar crisis estilo China donde estamos a punto de no vernos las manos por el nivel de contaminación.

Un ejemplo sobre la pérdida de espacios verdes nos lo dio el reporte de la ONG ambientalista Ecomunidades, Red Ecologista de la Cuenca de México, al citar que en las últimas tres administraciones de lo que fue el Distrito Federal se han perdido más de 56 mil 553 árboles por la construcción de grandes obras. La ONU recomienda que las ciudades cuenten con 12 metros cuadrados de área verde por habitante pero en la megalópolis apenas se tiene una cuarta parte.

La descentralización de la gran ciudad y la aspiración a ser la región más transparente quedaron en un sueño para la mayoría y en negocio para unos cuantos. Los espacios verdes recomendados y defendidos en los acuerdos mundiales que ha firmado México han cedido al estrés que provoca la mancha urbana con unidades habitacionales en las que las constructoras de vivienda dejan mezquinas áreas de donación para la comunidad, invadiendo barrancas federales o terrenos de utilidad pública, además de entregar raquíticas viviendas, lo que ha dado pie, incluso, al sarcasmo como el del comediante Benito Castro, quien se mofa de la estrechez de las casas habitación para la clase marginada al referir que “el Cristo que traje de Tlaquepaque lo tuve que meter en firmes porque crucificado no cabía”.

El tema de la necesidad de descentralizar la ciudad se aborda menos en el discurso de gobernantes y políticos. En octubre de 2012 el entonces contralor general del Gobierno del Distrito Federal, Ricardo García Sainz  (q.e.p.d), alertó sobre la posibilidad de que la especulación inmobiliaria y el mal uso del suelo en la ciudad de México se incrementara. Recomendó entonces (La Jornada 25/10/12) hacer una revisión profunda del marco normativo para evitar la proliferación de construcciones irregulares y la violación constante al proyecto urbano.

El proyecto urbano, al menos como lo concibieron arquitectos urbanistas como Mario y Alberto J. Pani, en México; Le Corbousier, en Francia; Ebenezer Howard, en Gran Bretaña, o los creadores de ciudades acordes con el medio ambiente como los diseñadores de la verdaderamente moderna Brasilia, en Brasil, Lucio Costa y Oscar Niemeyer, cuyas tesis han estado en la agenda de las discusiones de los grandes foros como el de la Carta de Atenas o Río de Janeiro, poco o nada se ha tomado en cuenta por gobiernos que privilegian la centralización urbana a costa de las áreas verdes que los primeros defendieron. 

Un ejemplo de fallidas ciudades satélites, que contribuirían a la descentralización de la gran ciudad, que finalmente quedaron inmersas en la selva de asfalto, fueron el Centro Urbano Presidente Alemán, Tlatelolco, Ciudad Nezahualcóyotl, Ciudad Satélite y la unidad habitacional El Rosario, entre otras muy contadas que, como la unidad habitacional San Juan de Aragón, pretendieron ser parte de una ciudad que diera movilidad digna a sus habitantes y tuviera menos niveles de contaminación.

 

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