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Economía

En México, cuatro millonarios tienen tanta riqueza

como el 50% más pobre de la población: estudio

 

***A nivel mundial, ocho hombres poseen la misma riqueza que la mitad más pobre del planeta.

Piden “Una economía que funcione para el 99%”

 

 

En México, cuatro millonarios tienen tanta riqueza como el 50% más pobre de la población. Esta desigualdad es una señal de una economía mundial fracturada, en la cual unos pocos tienen privilegios mientras que la mayoría lucha por hacer respetar sus derechos. ¡Los gobiernos deben cambiar esta situación! 

El gobierno mexicano debe liderar y fomentar una economía más humana, en la cual las personas y no el lucro sean lo más importante, y en donde el Estado de derecho exista para todos.

También, esta desigualdad es una señal de una economía mundial fracturada en la cual unas cuantas personas (principalmente hombres) tienen privilegios, mientras que la mayoría lucha por hacer respetar sus derechos. La súper concentración de riqueza sigue imparable. El crecimiento económico tan sólo está beneficiando a los que más tienen. El resto, la gran mayoría de ciudadanos de todo el mundo y especialmente los sectores más pobres, se están quedando al margen de la reactivación de la economía.

El modelo económico y los principios que rigen su funcionamiento nos han llevado a esta situación que se ha vuelto extrema, insostenible e injusta. Es hora de plantear una alternativa. 

Necesitamos Gobiernos que apuesten por una visión de futuro y respondan ante su ciudadanía primero, grandes empresas que antepongan los intereses de trabajadores y productores, un crecimiento dentro de los límites del planeta, el respeto de los derechos de las mujeres, y que el sistema fiscal sea justo y progresivo.

Es posible avanzar hacia una economía más humana.

(publicado el 15-01-17)

Para ver el informe completo, ir ahttp://www.oxfammexico.org/economiahumana/#.WIJWH2X8zyJ

 

EL TLC no ha sido del todo favorable a México

 

Por Arnulfo R. Gómez

 

La carencia de una estrategia para implementar adecuadamente el TLCAN y ser ganadores en el proyecto más importante para el desarrollo económico de México, fue generada por la aplicación dogmática del liberalismo basado en el axioma de que la mejor política industrial es la que no existe.

Como consecuencia, no hubo una política de competitividad, de fomento ni de comercio exterior realista, situación que fue agravada por la firma de TLC’s al por mayor y por una desgravación unilateral totalmente ilógica.

Esto se manifestó en retrocesos enormes en todas las variables económicas de México, especialmente en el período 2001/2015 en que han estado en vigor los TLC’s con 46 países y los 33 APPRIS que supuestamente iban a generar un enorme desarrollo económico del país.

Lo más sorprendente es que se insiste en ratificar el TPP, a pesar de estas experiencias negativas y de que nuestra competitividad en relación con los países asiáticos y de Oceanía del TPP es deplorable, lo que se ha traducido en un déficit creciente con esos 7 países, mismo que en el periodo 1993/2015 alcanzó la escandalosa cifra de -319,667 millones US como se ve en el cuadro correspondiente. Muy importante es señalar que con Brunei, en el periodo de referencia, logramos un superávit de 16 millones US.

 

Momento adecuado para renegociar

La propuesta de Donald Trump respecto a renegociar el Tratado de Libre Comercio de América Latina llega en un momento que podría ser adecuado para México. A lo largo de 22 años, este acuerdo no ha cumplido con los objetivos que se esperaban, al menos no en lo que se refiere a la generación de empleos de calidad y en el fomento a la competitividad, así lo comentó Arnulfo R. Gómez, catedrático de Economía por la Universidad Anáhuac. 

“Desgraciadamente el TLCAN no ha sido lo que se esperaba, y mucho menos para México, pues ninguno de los cinco objetivos que se planteó se ha cumplido debido a que después de su firma no hubo estrategia alguna para alcanzarlos”.

Señaló que el proyecto de establecer un área de Libre Comercio en América del Norte, en lo que sería el mercado más grande del mundo, con una población de cerca de 400 millones de personas, que generaría un Producto Regional Bruto de más de 9 billones US (1994), era algo visionario, “desgraciadamente no se ha logrado la tan ansiada integración comercial ni productiva debido a que México no pudo ni supo definir una estrategia para aprovechar las ventajas comparativas y en su lugar se puso a firmar TLC´s de manera compulsiva. 

Tampoco logró aprovechar las ventajas comparativas para incrementar la competitividad ni tuvo una política de competitividad que le permitiera cumplir con resto de los objetivos que son el aumento de la inversión extranjera directa en la región, aumentar los flujos de IED hacia México, generar empleos y finalmente, tampoco logró generar empleos ni elevar el nivel de vida de la población”, puntualizó.

Agregó que una anulación del TLCAN, incidiría en el cobro de mayores tasas de arancel para México, pero México también le cobraría mayores aranceles a Estados Unidos, lo que crearía un caos tremendo. “Conviene señalar que gran parte de la exportación mexicana es realizada por empresas norteamericanas establecidas en México, lo que representaría un gran problema para Trump pues esas empresas difícilmente aprobarían su política”, indicó el especialista.

En el caso de una renegociación, la mayor parte de los productos que México exporta son bienes de consumo, lo que incidiría grandemente en costos para el consumidor norteamericano y sería contraproducente para Trump. 

Al respecto, el también ex encargado de negocios de México en Canadá, opinó que una forma de enfrentar las políticas de Trump, sería a través del cabildeo con las empresas norteamericanas, ya que éstas “son las que principalmente exportan desde México a la Unión Americana”.

(Revista Siempre. Gerardo Yong, noviembre 18 de 2016)

 

Se produce el doble de comida necesaria en

el mundo, pero 800 millones tienen hambre

 

***“Las grandes compañías de semillas patentan sus recurso fitogenéticos y generan una relación de dependencia con los agricultores”.

 

***Con los alimentos que se pierden en América Latina y África por falta de medios para conservarlos podrían comer 600 millones de personas.

 

 

Producimos más del doble de la comida necesaria para alimentar a la población mundial y, sin embargo, casi 800 millones de personas pasan hambre. Los factores son variados: desde el impacto de fenómenos climáticos al conflicto, pasando por las pérdidas poscosecha o un sistema comercial que deja a algunos fuera… ¿Qué podemos hacer al respecto? ¿Cómo distribuimos los alimentos? ¿Cuáles son y cómo se producen los alimentos básicos en el mundo? ¿Quién controla y le pone precio a la comida?

 

De la semilla...

A la boca. Un camino que parece sencillo. Se cultiva. Se cosecha. Se envía a los mercados. Se compra. Y se come. Todo bien. Y aún suena mejor al saber que, con ese proceso, más la pesca y la cría de animales, cada año se produce el doble —¡el doble!— de los alimentos que hacen falta para que los más de 7.300 millones de personas que habitan la Tierra comamos adecuadamente. Todo muy bien.

Pero hay otra cifra demoledora que choca con la anterior: 793 millones de personas pasan hambre. Demoledora, y tan mareante que uno se pierde y puede no llegar a valorarla. Pero es más de uno de cada diez seres humanos. Difícil hacerse a la idea. Eso es más que todos los habitantes de América Latina. Más del doble de la población de la zona euro. Toda esa gente no come lo suficiente, pese a que es un derecho humano. Y por eso tiene problemas de desarrollo, sufre enfermedades, sobrevive en lugar de vivir, o muere por causas directa o indirectamente relacionadas con la falta de comida.

Así que no todo está bien. Ni mucho menos. Algo falla, algo se pierde, algo se desvía en ese camino —aparentemente sencillo— desde la semilla hasta la boca para acabar desembocando en semejante incongruencia. Hoy, “el problema no es producir más a nivel global, sino que llegue al estómago del que tiene hambre”, recalca José Esquinas, profesor en la Universidad Internacional de Ciencias Gastronómicas de Pollenzo y exdirector de la cátedra de estudios Hambre y Pobreza de la Universidad de Córdoba (España).

Eso es lo que se conoce como seguridad alimentaria. Esto es: que haya comida disponible y que uno disponga del modo de conseguirla (para empezar, dinero para pagarla). También que esos alimentos sean suficientes, inocuos y nutritivos para que el cuerpo obtenga la energía y nutrientes necesarios para su vida diaria (comer cosas insanas que provocan obesidad o diabetes también es malnutrición).Y que todo esto sea estable y continuado en el tiempo y no una angustiosa incertidumbre. Empecemos por el principio.

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Cada año se produce el doble de alimentos necesarios para alimentar a todo el mundo

Este trayecto, tantas veces infructuoso, comienza en la mayoría de los casos —pesca aparte— por la semilla, la base de la producción agrícola y el origen del alimento de los animales que luego se convertirán también en comida. Unas semillas que se tiende a uniformizar. Las regulaciones internacionales de la Organización Mundial del Comercio y de la Unión Europea establecen que para poder sembrar, vender o intercambiar semillas, estas tienen que cumplir con el criterio DUS (Distinción, Uniformidad y Estabilidad). “Y las semillas de los agricultores tradicionales no son uniformes ni estables. Han evolucionado a lo largo de siglos y esa es su gran riqueza: su diversidad interna, que es la que les confiere su capacidad de adaptación”, señala Esquinas, uno de los impulsores del convenio internacional conocido como el tratado de las semillas.

Eso hace que miles de pequeños agricultores tengan dificultades para resembrar y comercializar su propia simiente. Pueden comprar semillas certificadas pero, además de ser uniformes, les supone un coste extraordinario. Aquí aparece también el problema de los derechos de propiedad intelectual, o copyright de la simiente. Las grandes compañías del sector, como Bayer-Monsanto o ChemChina-Syngenta, patentan sus semillas y obligan a los agricultores a pagar por ellas cada año y generan una relación de dependencia. Un caso evidente de esta tendencia es el de los organismos genéticamente modificados, más conocidos como transgénicos. Todo esto deja a los pequeños productores con menos dinero para invertir en su propia alimentación, y además eleva sus costes. Y no hay que olvidar que, a nivel mundial, el 75% de la comida que sí llega a la boca no proviene de grandes explotaciones, sino de las pequeñas o de la agricultura familiar.

También contribuye a una peligrosa pérdida de biodiversidad. Según datos de la FAO (organización de la ONU para la alimentación y la agricultura), a lo largo de la historia la humanidad ha utilizado entre 8.000 y 10.000 especies distintas para su alimentación. Hoy se producen y distribuyen comercialmente alrededor de 150. Y el 60% de las calorías que consumimos vienen de solo cuatro especies: el trigo, el maíz, el arroz y las patatas. Y también se utilizan cada vez menos variedades dentro de la misma especie. “Pero necesitamos variedades resistentes al calor, al frío, a la humedad, a las distintas enfermedades…”, defiende Esquinas. “La uniformidad incrementa la vulnerabilidad, mientras la diversidad aumenta la resiliencia y la capacidad de adaptación”. Cada vez hay más ojos mirando a variedades adaptadas y a especies olvidadas que puedan responder adecuadamente a otro de los grandes retos de la alimentación: el cambio climático. “Hay que aprovechar y valorar los conocimientos agrícolas tradicionales, como los de los pueblos indígenas”, reclama Jean Balie, economista de la propia FAO.

Porque los fenómenos meteorológicos extremos, como inundaciones, huracanes, sequías, parecen ser la “nueva normalidad”. Estos, y el cambio de los patrones climáticos, afectan gravemente a países en los que la seguridad alimentaria ya es frágil. “Este es quizá el mayor reto para cumplir con los objetivos que el mundo se ha marcado hasta 2030”, opina Antonio Salort-Pons, responsable del Programa Mundial de Alimentos (PMA) en España. Hablamos de El Niño, y de la destrucción sembrada por el huracán Matthew en Haití. O las inundaciones que arrasan cosechas en Papúa Nueva Guinea o Timor Oriental. O la persistente sequía que azota a Etiopía, Malawi o Guatemala.

En muchísimos países de África, Asia y Centroamérica sigue habiendo millones de agricultores cuyos cultivos dependen del agua de la lluvia. “En esos casos hay que pensar en sistemas de riego por goteo, o en plantar variedades resistentes a la sequía”, como defiende Macharia Kamau, enviado de la ONU para el clima. Y además, explorar técnicas de conservación de agua, construir sistemas de regadío eficientes… Para responder a todos los desastres meteorológicos es básico mejorar la capacidad de esos pequeños agricultores que alimentan al mundo para sobreponerse a una mala cosecha. Es decir, la famosa resiliencia.

“Las grandes compañías de semillas patentan sus recurso fitogenéticos y generan una relación de dependencia con los agricultores”

Las soluciones requieren inversión y formación. Como capacitar a estos productores para que puedan encontrar otras fuentes de ingresos (por ejemplo, procesando ellos mismos sus alimentos para darles valor añadido) y para que obtengan el máximo provecho de su trabajo. “Hay que facilitar el acceso a abonos, a tecnología, a crédito…”, defiende Amador Gómez, director técnico de Acción contra el Hambre en España. “Luego el agricultor debe poder decidir qué quiere usar y qué no. Pero es importante que, esté donde esté, tenga la opción de comprar un abono o una herramienta concreta”, añade Balie, “y los costes, por ahora, son demasiado altos”.

Ese cóctel de formación, inversión en nuevas tecnologías y acceso a insumos de calidad es básico para que muchos de estos pequeños productores puedan quitarse el apellido de subsistencia. Es decir, que su producción les alcance para algo más que para alimentarse ellos mismos y salir adelante. Como entrar en otros pequeños negocios que les permitan estar a salvo si su producción se va a pique o mejorar sus condiciones de vida… Pero invertir en investigación o infraestructuras para mejorar la productividad de los pequeños agricultores, que por lo general no pueden pagar mucho por ello, “no es un negocio económicamente rentable”, critica Esquinas.

En cualquier caso, imaginando que uno tenga paz, un clima benigno y acceso a semillas y a todos esos elementos necesarios para producir arroz, tomates o yuca, aún le faltaría otro ingrediente básico: la tierra. “En muchos países africanos no hay un mercado de tierra eficaz y transparente. O directamente no existe”, lamenta Balie. Y no solo ocurre en África: millones de pequeños agricultores o ganaderos trabajan sobre campos cuya propiedad no tienen garantizada por ninguna ley o título. Terreno abonado para que los gobiernos o los poderosos locales hagan negocio vendiendo tierras que oficialmente no son de nadie a grandes empresas o inversores, por lo general extranjeros. Y los agricultores locales pierden así el sustrato donde crecía su alimento y su futuro.

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“Es inaceptable que haya ciudades sitiadas en el mundo o gente a la que no puede llegar la asistencia alimentaria”

Siguiendo ese recorrido de la semilla que da fruto, el conflicto puede cruzarse en nuestro camino. Un terrible círculo vicioso. Porque la guerra provoca falta de comida (pérdida de cosechas, de animales, de tierras, desaparición de los mercados, problemas de transporte…), y la falta de comida provoca guerra (migraciones, invasión de territorios, disputas por los recursos…). “La pobreza y el hambre son el caldo de cultivo de los grandes males del mundo”, asevera Esquinas. La inestabilidad política es una gran barrera para la seguridad alimentaria. Y eso cuando no se utiliza directamente el hambre como arma de guerra. “Me preocupa mucho que últimamente no se permita siquiera el acceso humanitario”, censura Salort-Pons, cuya agencia —el PMA— se encarga de llevar provisiones a los lugares en crisis. “Es inaceptable que haya ciudades sitiadas en el mundo o gente a la que no pueden llegar los alimentos. Los corredores humanitarios salvan vidas”.

Con los alimentos que se pierden en América Latina y África por falta de medios para conservarlos podrían comer 600 millones de personas

Pero pongamos que también tenemos tierra, y paz. Y que conseguimos una cosecha abundante. Quizá apartar una parte para comer ellos, si es que se puede conservar. Pero el resto hay que venderlo para obtener recursos. Y en esta segunda etapa del camino surgen de nuevo innumerables problemas.

El primero es el acceso a los mercados. Una cosa son los mercados de cercanía, del pueblo, de la aldea, de la zona. Pero a veces incluso es difícil llegar a estos. La falta de carreteras y de medios de transporte hace habitual la imagen de agricultores cargando decenas de kilos de frutas o verduras hasta el lugar de venta. Caminando kilómetros hasta poder vender. Así que no digamos ya llegar a las grandes urbes, o a los mercados internacionales. “Hay que trabajar más sobre ese nexo entre productores y distribuidores”, aboga Balie. “Sobre todo, en las pequeñas ciudades donde la producción se junta antes de salir para las grandes ciudades”.

Gómez, de Acción contra el Hambre, coincide: “El vínculo con empresas de carácter medio que procesen los alimentos ayuda a que los pequeños agricultores no queden marginados al autoconsumo o la venta local”. En este punto también ayuda la formación de cooperativas o la asociación de productores para poder afrontar con más garantías esa entrada en el mercado.

Pero entonces surge otro (gran) obstáculo. De nuevo por falta de recursos. No hay medios ni tecnología para conservar los alimentos a la espera del mejor momento para venderlos, o para transportarlos a largas distancias sin que se estropeen. Las pérdidas poscosecha —cuando los alimentos se echan a perder antes de llegar al consumidor— que se producen en América Latina y África podrían alimentar a 600 millones de personas al año. Por eso, muchos productores se ven obligados a vender cuanto antes, aunque los precios estén muy bajos y no le vayan a sacar el máximo partido a sus productos.

Además, a medida que la cadena de valor avanza, en muchos países con problemas de institucionalidad hay que lidiar con trabas administrativas, cuando no con impuestos desproporcionados o directamente sobornos, que se van cargando sobre el producto. “Hay estudios que demuestran que en muchos países africanos los problemas de tránsito y acceso a mercados hacen que el productor gane entre un 30% y un 60% menos”, apunta Balie. Un porcentaje que, cuando uno gasta 7 de cada 10 euros que ingresa en comer, puede suponer una diferencia vital. Una vez más, el motivo es que los gobiernos no tienen recursos para afrontar esas inversiones y el sector privado no lo ve rentable.

Todo esto limita el precio que los agricultores pueden obtener por su trabajo y su producto. Pero no limita del mismo modo el que ellos o sus conciudadanos tienen que pagar para comprar comida. La mayor interconexión de los mercados internacionales y el estallido de la burbuja inmobiliaria —que llevó a muchos inversores a buscar la rentabilidad especulando en el sector agroalimentario—, unidos a la incertidumbre del cambio climático y la inestabilidad que generan los conflictos, han hecho que los precios de las commodities alimenticias sean cada vez más volátiles. Y que millones de personas que dependen para comer de las importaciones queden expuestas sin protección a los vaivenes del mercado y las maniobras especulativas. Un bajón o un repunte puede llevar a que los precios de los alimentos básicos se multipliquen por dos o por tres, como ocurrió entre 2008 y 2009. Un aumento fatal.

Otro condicionante es el modelo de consumo y distribución en la mayoría de los países desarrollados, que hace que a veces compense económicamente (o incluso parezca necesario) tirar alimentos por motivos comerciales. Como ocurre con mayoristas, minoristas y hostelería. Y también en los hogares. En España, por ejemplo, se desperdicia en toda la cadena el equivalente a 169 kilos de comida por habitante al año. Dicho de otro modo, con lo que los europeos tiran a la basura comerían 200 millones de personas. “Tenemos que cambiar nuestro estilo de vida hacia un consumo sostenible”, reclama Amparo Novo, directora de la cátedra de Gobernanza global alimentaria en la Universidad de Oviedo. “Otro riesgo es la creciente demanda de carne y proteínas animales. Esa dieta occidental supone más presión para la agricultura”, comenta Gómez, de Acción contra el Hambre. Lo mismo ocurre con el uso de tierra cultivable para producir biocombustibles.

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“Al comprar un producto u otro estamos premiando o castigando las prácticas de las empresas”

Pero uno se puede preguntar: ante un desafío de tal magnitud como acabar con el hambre, ¿qué puedo hacer yo? “Al comprar un producto u otro estamos premiando o castigando las prácticas de las empresas”, sostiene Novo. “Como consumidores tomamos decisiones que pueden mejorar las condiciones de agricultores, pescadores o ganaderos en todo el mundo”. Esquinas llama a hacer del carro de la compra un “carro de combate” contra el hambre. Y la profesora Novo cree que el ticket del supermercado o del restaurante pueden ser otro tipo de papeleta de voto, que sirva para influir sobre el sistema e impulsar la voluntad política de los gobiernos hacia el fin de esta lacra.

“Por primera vez sabemos cómo superar el problema del hambre, y no superarlo sería una vergüenza para esta generación”, dijo el presidente de Estados Unidos en el Congreso Mundial de la Alimentación. “Hay que movilizar el talento, la voluntad y el interés (…) y requiere la atención prioritaria de todos esta década”. No son palabras de Barack Obama hace unos meses, sino de John F. Kennedy en 1963. Pero aún hoy, el presupuesto ordinario de la FAO —la agencia de la ONU que debe liderar la lucha contra el hambre— para ocho años equivale a lo que el mundo gasta en armamento en un solo día. Mientras, producimos el doble de la comida necesaria, y 793 millones de personas siguen pasando hambre. ¿Dónde está esa voluntad? ¿Es realmente una prioridad?

POR CARLOS LAORDEN (2-Nov-16, El País)

 

 

Los insectos, fuente de nutrientes similar a la carne

 

Europa Press

Madrid.

Investigadores del King’s College de Londres (Reino Unido) han descubierto que el consumo de saltamontes, grillos u otros insectos puede ofrecer un aporte de nutrientes, particularmente de hierro, prácticamente similar al que proporciona la carne de vacuno.

Así se desprende de los resultados de un estudio publicado en la revista Journal of Agricultural and Food Chemistry, lo que confirma que los insectos podrían ser una alternativa más sostenible al consumo de carne y pescado y cubrir las necesidades nutricionales de algunos países.

Aunque en las naciones occidentales pueden resultar poco apetecibles, son parte de la dieta tradicional de aproximadamente 2 mil millones de personas, según un reciente informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, que también documentaba hasta mil 900 especies de insectos considerados fuente de alimentación a escala mundial.

Hierro, calcio zinc...

Diferentes estudios ya habían constatado que representan una importante fuente de proteínas, pero para poder considerarse sustitutivos de la carne deberían proporcionar algo más, como hierro, cuya deficiencia en muchas dietas puede acabar causando anemia, lo que se ha relacionado con déficit cognitivos o complicaciones en el embarazo, entre otros problemas.

Para ver si los insectos también cubrían esa carencia, analizaron el contenido mineral de saltamontes, grillos y algunos gusanos, así como la cantidad de nutrientes que absorbe el organismo al consumirlos, para lo que utilizaron un modelo de laboratorio que reproducía la digestión humana.

Así, vieron que los insectos tenían diferentes niveles de hierro, calcio, cobre, magnesio, manganeso y zinc. Los grillos, por ejemplo, tenían niveles más altos de hierro que los otros insectos, mientras minerales como el calcio, el cobre y el zinc están más presentes en saltamontes, grillos y gusano.

(noviembre-1-2016)

 

Desplazan estados del sureste al Edomex y

otros como productores de insectos comestibles

 

Redacción

Los estados de México, Tlaxcala e Hidalgo, productores de insectos comestibles como los gusanos de maguey, los chinicuiles y los escamoles, entre otros, se han visto desplazados en importancia por entidades del sureste debido a la sobreexplotacion y depredación de las tierras y cerros en donde se recolectaban esas especies, por lo que es necesario recuperar y apoyar a las familias que se dedican a la recolección de esos alimentos.

Lo anterior fue expresado por Axel Arzola, representante de la empresa “Opal Prehispánicos”, quien destacó que la FAO colocó como líder de recolección y consumo insectos a México, con más de 561 especies, por encima de Brasil y sus Amazonas (422 especies) y China y Tailadandia, que no llegan a 300 especies.

No obstante, lamentablemente el Estado de México, así como Hidalgo y Tlaxcala, antes emblemas, poco contribuyen ya a la recolección debido al crecimiento de la mancha urbana y, consecuentemente, al exterminio de parcelas y montes.

De hecho, el empresario destacó que del 95 por ciento de los citados productos que se comercializan en territorio mexiquense, sólo el 5 por ciento es recolectado en la entidad, y el resto proviene de otras 13 estados del país, donde hay condiciones climáticas y zonas que permiten esa actividad.

“Hidalgo, igual el Estado de México, ya crearon leyes para proteger a los magueyes, y lo que ahora se está dando es una extracción sustentable, es decir, ya no se permite que tras recolectar gusano rojo se deje morir a la planta, sino hay que volver a sembrarla, basado en todo un plan integral de apoyo al campo, que es al mismo tiempo apoyar a la industria restaurantera y al turismo… ese es el reto hoy”, expuso.

“El escamol lo encontramos desde Oaxaca hasta el sur de los Estados Unidos y la hormiga chicatana, en todas las costas del país hasta el sur de Canadá y el norte de Brasil; el gusano blanco en todos los magueyes del país pero hay estados dormidos en eso, como Chihuahua con una riqueza tremenda, igual Durango, Sonora, cuya riqueza no se ha podido incorporar a la gastronomía nacional”, dijo Arzola.

Sostuvo que el insecto de mayor consumo nivel nacional es chapulín, “muy tradicional” y que una sola familia llega a acopiar 15 o 20 toneladas por año; la segunda especie por volumen de recolección es el escamol y el tercer puesto lo disputan el gusano blanco y el gusano rojo de maguey.

Argolla lamentó que si bien hay un auge de las gastronomía prehispánica, con sus insectos y flores, todavía hay una gran cantidad de especies que no son aprovechadas, como las tantarrias, las hormigas chicatanas, “famosas y sabrosas”, de producción limitada de un sólo día, y que se acopla bastante bien al arte culinario de todos los estados, principalmente en los de Chiapas y Oaxaca, “donde más con consume, pero en Guerrero no la aprovechamos, por ejemplo”.

 

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