Sobre “almas borregueras”

Por Jesús Delgado Guerrero

Vacía de contenido sustancial, los actores políticos y económicos han tenido que recurrir a la simulación como excedente de la barbarie desplegada para tratar de llenar los huecos de la vida pública. ¿Resultado? Una contienda callejera reducida a lo grotesco entre bandos impresentables.

Para no perder el estilo, los representantes de la clase política se presentan siempre como protectores de los débiles, viudas, huérfanos, incluso como desfacedores de entuertos y hasta campeones de los menesterosos, particularmente en contiendas electorales.

En este sentido, el Estado de México es manantial de “ficciones poco elegantes" (por no hablar de burdas estafas y mentiras), una aproximación al espíritu contemporáneo de la contradicción con sus simuladores solemnes, cobijados por la esencia de ancestrales grupos tribales: “por aquí decimos que con los regalos se hacen esclavos, y con los látigos, perros” (por eso la lluvia de dádivas como eje central de todas las plataformas políticas).

Y “conocía sesenta y tres maneras de obtener dinero, la más honorable y rutinaria de las cuales era robar”, elogiaba con sarcasmo Rabelais a un vagamundo como Panurgo, sabio y todo, pero muy suelto de lengua y bastante vengativo.

El despliegue de ejemplos en el país, tanto en los altos como en los bajos fondos políticos y económicos, es muy superior. Hasta el tradicional simulador, con aires de suficiencia, se declara respetable, íntegro, honorable, aunque ni él mismo sea capaz de describir sus méritos , muy ocultos a pesar de la propaganda (son de los primeros a los que se les cae el antifaz, según observó el pensador José ingenieros).

En la denominada “dialéctica del desafío y respuesta”, que está plagada de insultos, ataques, crónicas de robos, reseñas de amenazas y video-denuncias con burdos montajes, expresiones como esas constituyen una verdadera provocación, más si van acompañadas de gestos amables y sonrisas. 

Además, contradecirse cien veces en medio de una campaña electoral es algo que no pasa inadvertido; ser desmentido por la propia trayectoria y los hechos, menos (por eso nadie les cree).

Así le fue al  pedante traficante de borregos, el comerciante Dindenault, con el socarrón Panurgo, quien machaconamente le rogó que le vendiera un ejemplar y, como es de suponer, lo encareció. 

Transacción realizada en “alta mar” (típico de evasores de impuestos y empresas “offshore” y sus escándalos “Panamá papers”) mañosamente Panurgo lanzó al animal al agua. Los balidos del borrego atrajeron a los demás, que terminaron también ahogados, igual que el traficante y sus ayudantes que intentaron frenar a los ejemplares.

“¿Queda por aquí algún alma borreguera?”, preguntó el personaje de Rabelais.

Aquí, actualmente la respuesta sería: según encuestas nada fiables, quedan muy pocas.

Sociedad “deudal” y dictadura financiera

Por Jesús Delgado Guerrero

Los investigadores aseguran que desde hace más de 4 mil años los escribas babilonios se percataron de que la velocidad de generar riqueza en la economía real es mucho muy inferior a la evolución de las deudas, esto debido a la tasa de interés, y que el crecimiento exponencial de ésta perpetúa el saqueo.

Factor de potenciales convulsiones sociales, no por benevolencia ni por poderes cósmicos los reyes inventaron “jubileos” (cancelación de deudas), mientras los sumerios las “declaraciones de libertad”, quedando  los peones sin cargas. Cada 20 o 30 años se decretaban “pizarras limpias”, según el antropólogo David Graeber, citando al economista Michael Hudson ( “En Deuda, una historial alternativa de la economía”).

El “monstruo del interés” habría devorado a la humanidad si las bancarrotas y revoluciones no hubiesen sido el antídoto, dijo Napoleón sobre el engendro financiero. 

Actualmente en todo el mundo se ha denunciado una dictadura financiera que ha regresado a la sociedad moderna a condiciones  si no sumerias, lo bastante feudales para que los deudores tengan incluso que decir: “gracias, señor”.

Eso sugieren desplantes de directivos del Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM), el “1% de Davos” y otros al referirse a las deudas de países, como se ha hecho en torno de la de México.

“Es apropiada la política del gobierno mexicano para reducir el nivel de deuda pública respecto del PIB y con ello el costo de su financiamiento”, según el FMI (19 de abril), que consideró “que la deuda no es muy alta desde la perspectiva de estándares internacionales, pero también es cierto que el costo de financiar al gobierno es relativamente alto”.

Veamos: los pasivos pasaron de 53.7% del PIB en 2015 a 58.1% en 2016, según el FMI, que espera se reduzcan este año a 57.2% y quede en 54.1% en el 2022.

El costo del financiamiento -pago de intereses- de la deuda (9 billones 797,439 millones de pesos, aproximadamente) será este año de 609 mil millones de pesos, es decir, 100 mil millones más que en 2016 y 400 mil millones de pesos más respecto del 2012, cuando se inició el actual sexenio y el pasivo significaba 33.1% del PIB.

¿De dónde saca el FMI que va a haber reducción de la deuda si los intereses aumentan más que la economía y, principalmente, mucho más que la recaudación de impuestos -ingresos- del gobierno? Éstos representan cerca del 12.5 por ciento del PIB (2.4 billones de pesos) de modo que la deuda es más de cuatro veces lo que se recauda.

Eso sí, los 47 bancos extranjeros que operan en el país, esa “bancocracia” de la que habla John Bellamy Foster, ganan más de mil millones de dólares al mes, según el boletín de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores (abril), mientras titulares de hacienda y otros hacen de Fausto y su mefistofélico asesor, es decir, de alquimistas de las finanzas: “todo está bien”.

 

Los neo-fantasmas de Canterville

Por Jesús Delgado Guerrero

Desde que el ciberespacio capturó el tiempo de las personas para convertirlas en cibersonámbulas (cumpliéndose así parte del canon neoliberal y estalinista de extender los horarios de actividad aparentemente productiva), los fantasmas han topado con dificultades para actuar amparados por las sombras de la noche, según diversas leyendas. Alterados sus horarios, ya no ocupan tanto el tercer turno para arrastrar cadenas. Peor: ya no aterrorizan a nadie.

En caso de riesgo o amenazas solía decirse que “quien no quiera ver fantasmas, que no salga de noche”, pero en un país donde es más frecuente y fácil extender actas de defunción que de matrimonio, nacimiento o sentencias judiciales, los espectros son ya más dignos de estadística y chacoteo que de espanto.

En política sucede igual y es tal la hilaridad de la “acción justiciera” que hasta los propios fantasmas se muestran sonrientes al mediodía, sumándose a la chunga generalizada con mueca que anuncia impunidad (al menos los espectros chocarreros de Óscar Wilde hacían el intento por atemorizar a sus víctimas, aunque al final eran dignos de la compasión)

“Satán cayó por la fuerza de la gravedad”, aseguró un versado Chesterton, aunque Milton aclaró que “diablo con diablo condenado mantiene firme concordia”. No obstante, más entusiasta que apegados a la realidad, comentaristas anuncian el inicio del fin de la impunidad de los gobernadores (ajá) con la captura del ex mandatario de Veracruz, Javier Duarte. Tirando piedras al propio tejado, se olvida la historia de impunidad, vieja y reciente, con los moreira, los montieles, los medinas, los duarte, los borge y una enorme fila de corruptos de todos los colores que ahí están, gritando que se van a combatir a sí mismos.

La citada aprehensión ha permitido que la clase política se revuelque en su excremento, buscando al mismo tiempo que alguien se compadezca y crea que no forman parte de una especie sostenida enteramente por la avaricia y la corrupción.

Como referencia, sospechosamente a Javier Duarte no lo deportaron el día de su captura, como sucedió con otros capos en suelo guatemalteco, específicamente el narcotraficante Joaquín Guzmán Loera, El Chapo, quien, igual que el ex mandatario veracruzano, ingresó ilegalmente a ese nación.

Esto es un aviso, amén de que el torneo excrementicio-electoral va a seguir salpicando a mucha gente, con miras a intentar salvar algún espacio de poder, como el Estado de México. ¿Va a funcionar?

Cierto es que en esos casos la impunidad no es el peor de los males sino, como se dice en los pueblos, manipular a los animales (más si están hambrientos e inseguros).

Estos sí son fantasmas peligrosos: pueden condenar a millones a padecer espectros impunemente sonrientes, conocedores éstos, por tradición y ADN familiar, de los espacios para el saqueo.

 

De la “nueva secta del perro” (sin linternas)

Por Jesús Delgado Guerrero

Despojados sus militantes de cualquier manto harapiento y hasta del célebre morral, el espíritu de la época ofrece pinceladas de nuevas sectas donde el cinismo solemniza la denuncia al tiempo de confesar sus tropelías, es decir, se desenmascara.

La lucha política dejó de ser el arte de descubrir y ventilar trastupijes ajenos para utilizarlos en beneficio propio y, confirmando que la impunidad es el bien más preciado en esa esfera, se aniquiló el instinto del ocultamiento y del engaño. El cinismo, pues, se reconoce a sí mismo y se ha vuelto transparente.

Para aquellos que, por razones de su profesión, el embuste y el timo son los aditivos que han proyectado aspiraciones y generado fortunas, esto es todo un acontecimiento. La última profecía revolucionaria en el sentido de que lo peor que le podía suceder a México es que terminara convertido en un país de cínicos (Jolopillo, dixit), nunca atisbó las bondades terapéuticas de la inverecundia.

Porque, con anteojeras sloterdijknianas (por Sloterdijk), diríase que esta actitud, limpiamente ejecutada desde las cloacas del drenaje profundo, busca liberarse de sentimientos de culpabilidad. A punta de martillazos golpea a otros para impactar su propia conciencia.

“La candidata debe aclarar por qué se pagó 440 mil pesos como bono cuando fue alcaldesa en Texcoco; tanta auto-pichicatería es sospechosa pues para eso hay finiquitos de Un millón 206 mil pesos sin haber cumplido el período laboral legal y, además, se puede finiquitar con más de 2 millones de pesos a una secretaria particular por nueve meses de antigüedad. Total, que 16 millones de pesos entre colaboradores que renunciaron voluntariamente habla de la bondad de la flexibilidad laboral neoliberal, producto de las reformas estructurales que algún día bañarán a todos los trabajadores”, se dijo con inusual transparencia cínica, a propósito de la campaña para gobernador en el Estado de Mexico que, si no es un laboratorio político, muestra la radiografía del “alma política nacional”.

En la “nueva secta del perro”, desde otro sector de ese frente, inclinaciones exhibicionistas propias exigen: “que la candidata asuma su responsabilidad por la alta tasa de secuestros en Texcoco; eso es de aprendices porque nosotros con nuestra guerra al narco provocamos más de 121 mil muertos, según el ahora más confiable INEGI de Paloma Merodio, y cientos de desaparecidos, prueba de que no está a la altura de las exigencias”.

“Además, eso de beneficiar en la nómina a parientes de políticos es un plagio descarado”, se agrega desde el mismo sector, ratificando que el cinismo es también fuente de obtención de placer (y de beneficios).

Parafraseando a los estudiosos, si los actores públicos comienzan a pensar y a actuar cínicamente en público, y lo saben pero se siguen de frente, solo completan el círculo que los define. Las legendarias linternas quedaron en los viejos textos.

La amenaza del “turbiocapitalismo”

Por Jesús Delgado Guerrero

El término “turbocapitalismo” fue acuñado por el economista estadounidense  Edward Luttwak a mediados de la década de los años 90 para definir la aceleración de la economía financiarizada del supuesto libre mercado. La rapidez de las operaciones, realizadas con un clic desde el ordenador, alegró incluso a gurús neoliberales como Alan Greenspan, ex titular de la “Fed” (responsable de burbujas especulativas constantes), porque de ese modo, supuso este seguidor de Ayn Rand y su “Atlas Egoísta”, los gobiernos la verían difícil si intentaran alguna regulación.

En la práctica, tal “turbocapitalismo” significó la concentración en grandes empresas con altas dosis de capital en forma de deuda proporcionada por los bancos, tecnología y bajo número de empleados, todo sin regulación gubernamental, sin fuertes sindicatos ni prestaciones laborales y sin barreras aduaneras o restricciones a las inversiones, además con bajos o nulos impuestos para las grandes empresas. 

Esta fase del capitalismo financiero consideraba válida la siguiente ecuación: “turbocapitalismo” es igual a: privatización más desregulación más globalización da un libre mercado con transparencia y, al final, prosperidad (con deuda, claro).

Pero hizo bien Luttwak en advertir a economistas y políticos aprender pues, refirió, el “turbocapitalismo” divide a la sociedad ya que es cielo e infierno a la misma vez, aunque con agudeza la profesora Idalia Valero Gil dice que tal “turbocapitalismo” en realidad es “turbiocapitalismo”. Y tiene toda la razón:

La burbuja inmobiliaria y bursátil que provocó se desinfló en el 2008 al no considerar el elemento excesivo de la deuda (amén de la opacidad de los derivados y otros instrumentos financieros). Y la Gran Recesión de 2009 desacreditó el resultado final de la ecuación pues la prosperidad ha sido para unos cuantos (el tristemente célebre “1%”), y únicamente quedó la gran deuda en que incurrieron los gobiernos para rescatar a los bancos e intentar sacar a la economía de la recesión.

Así, la nueva ecuación capitalista es: privatizaciones y desregulación mediante sobornos y fraudes financieros, más freno a la globalización (Estados Unidos), es igual a la continuidad de la concentración del ingreso, a lo que hay que sumar el bajo crecimiento, el gran desempleo y la criminalidad, lo que arroja como resultado un capitalismo de compadres y deuda que beneficia a los empresarios amigos y que en las quiebras los salva el gobierno.

Nótese la siguiente bomba de tiempo: al cierre del 2016 el Saldo Histórico de los Requerimientos Financieros del Sector Público - la medida más amplia de la deuda- representó 50.5% del PIB, con 9 billones 797,439 millones de pesos.

Sólo de intereses, el año pasado se pagaron 500 mil millones de pesos y para el 2017 se calcularon 600 mil millones. Esto y los “peones de deuda” de los sumerios del año 2400 a. de C.  es casi lo mismo.

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