Paranoias y escalofríos tropicales

Por Jesús Delgado Guerrero

Noticias encaminadas a generar “tranquilidad”: Estados Unidos e Inglaterra prohiben laptops y tabletas en vuelos de Medio Oriente y Africa. En el primer caso se dijo que es parte de una “inteligencia evaluada” respecto de las amenazas potenciales a los aviones que vuelan territorio estadounidense, en tanto que del británico se desprende que nada más es por secundar a los EU y no tanto “para que los pasajeros viajen seguros”, como aseguraron portavoces a medios internacionales.

La paranoia, según se ve, es muy contagiosa y peor que la lepra pues cualquiera con rasgos de aquellos y otros lares parecen portadores de la misma y resultan los peores enemigos. 

Lo que sucede es que Estados Unidos con Donald Trump al frente está demostrando la esencia dura y pura de un país cuyo dogmatismo matizó Seymour Martin Lipset al referirse al mismo como “una espada de dos filos” (“El excepcionalismo norteamericano, una espada de dos filos”, FCE), siendo acrítico incluso a la hora de citar a Marx para “criticar” el fundamentalismo estadounidense (“En armonía con la previsión expresada por Karl Marx en El Capital, de que el país más desarrollado es el que muestra la imagen menos desarrollada de su futuro…”, p. 418)

Quienes atribuyen cierta “demencia” o sugieren llevar a Trump a terrenos freudianos han estado simplificando de manera pueril un fenómeno más profundo, eso que el historiador estadounidense Morris Berman denominó, desde hace más de una década, como la “identidad negativa” de ese país y el impacto que ha tenido a lo largo de la historia, sobre todo durante los últimos 60 años.

Según Berman, en Estados Unidos se ha desarrollado una identidad nacional a partir de lo que no son, rechazando cualquier cosa distinta, lo que no le permite ver qué son realmente y en eso ha basado su política exterior; es decir, cada que puede “echa manos de los fierros, como queriendo pelear”, según viejos cronistas deportivos.

Menudo lío tener enfrente a una ideología-religión que se inculca a los niños desde la primaria y que entre otras cosas impide la divergencia y la critica hacia su propia país (como Seymour, por ejemplo), y asume como misión divina propagar la democracia (estadounidense, claro) y las correspondientes bendiciones, además de fomentar visiones maniqueas de un mundo habitado por “buenos” (ellos) y “malos” (todos los demás), con lazos más morales y religiosos que basados en una historia común, y otras aristas más de corte teologal que terrenal.

Para Berman, esa religión secular que no acepta que hay más colores en el mundo ha convertido a los Estados Unidos en un país peligroso. Sus dirigentes no razonan, simplemente ven enemigos por doquier y los tratan como si fueran oscuras fuerzas enviadas desde quién sabe qué infierno. “Todo es malvado”.

Ante esto es imposible no sentir escalofríos tropicales, tal vez incluso en las regiones siberianas, muy distintos de los delirios de persecución o de calamidades supuestamente por venir.

 

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