Nuestra era está marcada por impulsos transformadores que, paradójicamente, poco o nada han transformado. Como “observadores participantes” de los acontecimientos registrados en las postrimerías del Siglo XX y de los que se desarrollan en los albores del Siglo XXI, es preciso no confundir los avances científicos y tecnológicos con el desarrollo humano, cuyo paisaje evidente es el de una grosera concentración de la riqueza frente a la producción de pobres que linda en la miseria.

De esa manera, el proceso civilizatorio, que ha encontrado en los descubrimientos de la ciencia médica, la genética y otras, esperanzas para ofrecer una vida mejor a las personas, expresa también su lado contrario, es decir, ese retroceso que los estudiosos unen en forma inevitable al rostro del progreso

Esa etiqueta de “modernidad”, que hunde sus raíces nada menos que en la Edad Media, una etapa de brujas en la hoguera y adelantos científicos, está preñada justo por los contrastes donde la deshumanización, con su cuota de sangre y de violencia, se erige como sello incontestable.

El Siglo XX mostró ese perfil con sus bombas atómicas y cientos de miles de cadáveres, cuya memoria humeante nos recuerda de qué suele estar hecho el ser humano, y que en sus momentos postreros acentuó esa tosca perpetuación de la pobreza que contrasta con la concentración de la riqueza en medio de las aproximaciones a confines galácticos insospechados.

A eso le llama “neoliberalismo” y eso, con sus fraudes y especulaciones financieras de por medio, resume lamentablemente nuestra era.

Sólo desde el confort y la zona de privilegios se está de acuerdo con la situación, aunque esto no ha impedido asumir banderas de cambio no desde una voluntad que busque realmente transformar las cosas, sino simplemente para pretenderse “moderno” y hasta sensible.

Lo cierto es que nuestro país requiere de renovaciones profundas en sus estructuras para poder ofrecer mejores estadios de vida a los ciudadanos.

Por ejemplo, la democracia, que llegó con el inicio del Siglo XXI en forma de alternancia en el poder público demoliendo el edificio monopólico del partido único que permaneció por más de 70 años (hoy de vuelta en el poder) ha degenerado en “despensocracia”, un ritual donde el reparto de alimentos  y hasta de televisores entre menesterosos es más importante que impulsar acciones transformadoras para generar empleos bien remunerados y, en general, condiciones de bienestar y con ello procurar reducir la enorme franja de desigualdad.

Por eso la economía se ha consolidado en manos de 30 familias, cuyos corporativos además desnudan las falsas reformas fiscales que evitan que paguen anualmente más de 600 mil millones de pesos por concepto de impuestos. Ni qué decir de los especuladores financieros, tanto domésticos como extranjeros, que continúan alimentando su codicia, pegados al presupuesto público, sin que la autoridad se asuma como tal e imponga controles.

Sin una democracia efectiva, reducida actualmente a la simple convocatoria de ciudadanos para que se elija al que reparta más despensas o aparatos electrónicos, resulta un sueño deseado pretender configurar un modelo de convivencia más elevado que redistribuya realmente la riqueza.

El saldo de más de tres décadas de “reformas estructurales”, 33 años cumplidos en el 2015 para ser exactos y con seis sexenios encabezados por políticos de signo presuntamente distinto, y que según los apologistas del mercado libertino colocarían a nuestro país entre las superpotencias mundiales, es de 56.3 millones de mexicanos sumidos en la pobreza, dos millones de ellos en el último año.

Y casi ocho millones de jóvenes sin estudiar ni trabajar, los llamados despectivamente “Ni-nis”, un producto netamente neoliberal, bono demográfico desperdiciado, arrojado al cesto de la basura.

En la misma forma, la educación se constituyó en un botín político, de signo clientelar, ya de estructuras magisteriales enmohecidas y de visiones gubernamentales corporativistas, más que en un motor de oportunidades y de formación de personas. Y la justicia sigue teniendo el mismo rostro de todo el siglo pasado, es decir, el de la impunidad ante quienes forman parta de la plutocracia nacional (poder económico y poder político) y el abuso contra los que no tienen nada.

Por otro lado, la violencia no es nueva, pero hasta en eso el poder público ha sido desmantelado gradualmente por cárteles que, como en el ámbito económico, conforman un poder fáctico, extra constitucional, que igual patrocina candidaturas a cargos públicos que sirve de “lavadero”, aditivo para empresarios poco escrupulosos, y hasta impulsa estilos de vida, con la ganancia fácil y lujos, generando una “narcocultura” criminal, de fama (mala fama) internacional.

En suma, hay muchos problemas frente a los cuales es imposible mostrar pasividad o recibir sin más al discurso que enarbola banderas de transformación cuando los hechos apuntan a ejercicios de malabares que, en el mejor de los casos, refuerzan el andamiaje para conservar el status quo, aunque su meta sea profundizar desigualdades, como se ha estado demostrando.

En esas condiciones, un grupo de profesionales que hemos dedicado buena parte de nuestras vidas a esta actividad del periodismo, decidimos lanzar “Disiento, sólo periodismo”, nombre que nos define y que no requiere mayor explicación.

Conocemos los caminos más complicados y las dificultades que implica hacer “sólo periodismo”, particularmente cuando se cumple sin cargar con dogmas o credos, ya sean políticos, económicos o religiosos. Justo es decir también que hemos andado por sus alegres veredas, que son más amplias y satisfactorias.

Por eso, interesados por los asuntos de la vida pública –a diferencia del apolítico griego, el clásico “idiota”, figura favorita de los poderes políticos y económicos, principalmente- optamos ahora por impulsar un espacio que nos permita conducir de manera directa nuestras inquietudes y afanes.

Nos anima continuar ejerciendo un periodismo que, al modo del filósofo y periodista Albert Camus, pretende sustentar su aportación constructora a partir de negar y afirmar al mismo tiempo, es decir, disentir, nunca renunciar, nunca rendirse e ir siempre tras los objetivos, movidos siempre por convicciones.

Al efecto, Manuel Buendía Téllezgirón, uno de los periodistas mexicanos más lúcidos del siglo pasado, alertó sobre los inconvenientes de un periodismo con preferencias de corte partidista o político, con candidatos incluso. Acusando recibo, a la lista hemos agregado dogmas económicos y religiosos.

Lo anterior impone una mirada desde todos los ángulos posibles. El propósito de ello es enriquecer la información, abrir paso a la reflexión y en esa forma contribuir a orientar opiniones y posturas.

Esto parecerá una fórmula romántica o utópica como la que se atribuye a un legendario guerrillero (Ernesto “Che” Guevara) y que hicieron suya los estudiantes de 1968, esa que invita a ser realista para exigir lo imposible. Pero no.

De entrada y para fortuna de todos, hace tiempo que el país dejó de ser el paraíso de visiones omniverbocráticas. Con todas las imperfecciones que puede ofrecer un sistema democrático como el nuestro, distintas voces se empeñan diariamente en nutrir la vida pública para procurar mejores estadios de convivencia y de desarrollo social y humano.

Por eso, “Disiento” es y será “sólo periodismo” en sus más variadas formas (informativo, de opinión y análisis) y mediante el cumplido desarrollo de sus géneros: desde la básica nota que da cuenta de los hechos, hasta la rigurosa investigación, incluidos desde luego el periodismo literario, crónicas, reportajes y otros.

Aspiramos a ello en todo momento aprovechando las bondades que la tecnología ofrece, procurando un uso adecuado y responsable de la misma,  ello a contracorriente de la histeria de moda que ha impuesto la falsa urgencia por encima de lo importante, y que ha dado lugar a la figura del “instantaneísta” (Ignacio Ramonet, dixit) en sustitución del periodista y, paralelamente, a una jungla desinformadora basada generalmente en la especulación y en la imprecisión de los hechos.

“Los periódicos se alimentan de la curiosa superstición de que todos los días ocurre algo nuevo”, decía el escritor Jorge Luis Borges, mientras el novelista alemán Erich Kästner hizo mofa en su “Fabían, historia de un moralista”, de la futilidad en que llegan a convertirse los hechos si no son debidamente procesados, dándoles su debida importancia.

No todo es nota, pues, como se dice en la jerga periodística, pero es cosa de fastidiarse con el portal de cualquier medio: historia sin fin, aburrimiento e “información” a destajo para no informar nada o para desinformar, que para el caso es lo mismo.

Por último, tenemos claro que disentir no es agredir, del mismo modo que elogiar no es adular; no queremos sumarnos a la lista de órganos de fonación optimistas que repiten que “todo está bien”, que “todo marcha perpetuamente en forma inmejorable” o que “no pasa nada” (aunque pase), pero tampoco tomar la ruta de la confección de un cotidiano catálogo de atrocidades (económicas, políticas y sociales) para alimentar la fascinación de los adictos al escándalo y a la frivolidad. Nada logran los extremos.

Por ello, hasta donde las fuerzas alcancen nos dedicaremos a lo nuestro: a hacer sólo periodismo.

Directorio

Jesús Delgado Guerrero, Director
Armando Serrano Guerrero, Subdirector

Opinión: María Alejandra Gudiño Ramírez
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